Durante los años 2010, el cine independiente empezó a contar las historias de amor desde un lugar menos complaciente. En cierto modo no se trataba de llegar a alguien ni de conservarlo, sino de intentar entender qué estaba pasando en medio. El enamoramiento dejó de ser un punto de culminación y pasó a convertirse en un territorio incierto, lleno de silencios, gestos mal interpretados y emociones que no siempre encontraban salida.
El romance en el cine indie de los 2010: Ni felices por siempre, ni desamor, solo otra forma de vincularse
Citando algnos de los ejemplos más memorables, películas como Submarine, Like Crazy o The Spectacular Now parecen partir de una misma intuición: el amor no llega cuando todo está listo. Llega cuando la identidad todavía es inestable, cuando el futuro pesa más como ansiedad que como promesa, cuando no se sabe bien qué se espera del otro ni de uno mismo.
Ese desfase es el corazón del romanticismo incómodo de la década.

Los personajes de este cine sienten con intensidad, pero no siempre saben cómo actuar en consecuencia. Piensan demasiado, observan todo, analizan cada gesto. La ironía aparece como refugio y la distancia emocional como una forma de protección. No porque no quieran involucrarse, sino porque no saben cómo hacerlo sin perder el equilibrio. La incomodidad no es un recurso narrativo: es el estado natural de las cosas.
El conflicto no está en el drama externo, sino en la incapacidad de conectar sin sentirse vulnerable.
Desde los primeros años de la década, algunas películas ya insinuaban que esta incomodidad no era solo una cuestión juvenil. Beginners aparece muy temprano en los 2010, pero propone una mirada distinta sobre el afecto. Aquí, el amor no surge en la confusión de la juventud, sino en una etapa más consciente, marcada por la pérdida, el paso del tiempo y la necesidad de empezar de nuevo cuando ya se sabe que nada está garantizado. Beginners amplia el tono de la década, sugiriendo, a modo de advertencia que la fragilidad emocional e incluso el autodescubrimiento no se supera con la edad, ni termina de cuajar en uno mismo; solo cambia de forma.
A lo largo de los 2010, el cine indie insiste en mostrar relaciones sin garantías. El “para siempre” prácticamente desaparece del horizonte narrativo. En Blue Valentine, el amor no se rompe por una gran traición ni por un error puntual, sino por desgaste. La relación se adelgaza con el tiempo, sin que nadie pueda señalar el momento exacto en que dejó de funcionar. Amar no basta si no se sabe cómo acompañar al otro en el cambio.
En Her, el afecto se desplaza hacia un espacio menos confrontativo, pero no por eso, menos complejo. La conexión emocional existe, pero evita el roce cotidiano, la negociación constante, el conflicto que implica compartir una vida, cuando se siente que todo eso ya se ha vivido y perdido con una persona. El amor funciona porque está cuidadosamente contenido debido al desgaste emocional. Al final, no es menos sincero, pero sí menos exigente. La película no juzga ese vínculo: lo observa como síntoma de una época donde incluso la intimidad busca volverse gestionable.
Estas historias dialogan con un contexto generacional marcado por la precariedad, la ansiedad y la sensación constante de estar llegando tarde. Los personajes del cine indie de los 2010 aman mientras intentan sostener trabajos inestables, identidades en construcción y un futuro que nunca termina de definirse. El amor aparece como algo valioso, pero insuficiente para ordenar el mundo.
La forma en que estas películas están filmadas refuerza esa lectura, haciendo uso de planos cerrados, luz natural, espacios pequeños, tiempos muertos. Todo ocurre a escala íntima. Hay algo demasiado bello y humano en la forma en que la cámara se queda con los cuerpos cuando no saben qué hacer, con las miradas que evitan encontrarse, con los silencios que pesan más que cualquier declaración. La música —indie folk, baladas suaves, canciones melancólicas— no empuja la emoción: la sostiene. Está ahí como un fondo constante, como algo que se siente sin necesidad de subrayarse.
Y así, conforme avanza la década, el cine indie empieza a ampliar su idea del afecto. En Frances Ha, el vínculo más importante no es romántico, sino amistoso. La película entiende que crecer también implica aceptar que algunas relaciones cambian de forma o se diluyen sin necesidad de un conflicto explícito. El amor, aquí, no desaparece: se desplaza.
Hacia el final de los 2010, algo se afloja. La ironía defensiva empieza a perder fuerza y la vulnerabilidad se vuelve más directa. Call Me by Your Name propone una experiencia amorosa intensa y breve, donde el dolor no se esquiva ni se racionaliza, tan solo se vive, arrasando con las promesas de un futuro, quedando lejos los discursos para proteger al espectador. ¿A quíen no le sacudió la charla del padre de Enzo sobre el amor? Ahí, donde solo quedan la memoria, la pérdida y la aceptación silenciosa de lo que fue.
Desde una visión general, esa es la belleza tan humana que definió el cine de la década pasada, sin intentar redefinir el romance ni ofrecer nuevas fórmulas para amar, más bien, nos cautivó al mostrar afecto sin garantías, sin finales tranquilizadores, sin personajes pulidos para el bien del guión. Cada historia lleva un proceso y como ocurre en la vida misma, ese proceso tan único en el acto de amar a alguien puede ser confuso, incómodo e incluso insuficiente. Y aun así, importa.
Y eso es lo que más amamos, que aunque el amor no siempre alcance para resolver la vida, vale la pena sentirlo.








