La bachata de Biónico: El ritmo frenético de la soledad acompañada.
Por: Salvador Rubio.
Existen películas sobre adicciones que buscan la lágrima fácil a través del melodrama y otras que optan por el retrato social crudo. La bachata de Biónico de Yoel Morales, esquiva ambas vías para internarse en un terreno mucho más incómodo: el del falso documental impregnado de un humor que roza lo desesperado.
La obra sigue los pasos de Biónico (Manuel Raposo), un adicto empedernido que recorre las calles marginales de Santo Domingo junto a su inseparable compañero Caldo de Pollo (El Napo). Tras la fachada de una cámara en mano que persigue frenéticamente cada uno de sus movimientos, la narrativa despliega una profunda distorsión cognitiva.
Biónico vive en una disociación permanente respecto al entorno que lo rodea: concibe robarle a un capo local como una travesura inocente, evalúa comprar un departamento bajo la ilusión de pagarlo en “cuotas diarias” y sueña con entregar un anillo de compromiso sin contar siquiera con el dinero para el pago inicial.

Lo perverso del relato es que, por momentos, la ingenuidad y el romanticismo de Biónico nos convencen y nos generan esperanzas como espectadores. Su concepto de la sobriedad es tan desarmante que él mismo se lo cree por completo: puede acabar de consumir e inmediatamente después hablar con absoluta convicción sobre su rehabilitación y su futuro hogar.
Se esfuerza y busca trabajos precarios para demostrarse que va por el buen camino, pero sus acciones no son más que una simulación desesperada dentro de una jaula invisible. Esta incapacidad manifiesta para medir los riesgos y las consecuencias directas no es fruto de la manipulación deliberada, sino su único mecanismo de defensa; una anestesia psicológica imprescindible para no colapsar ante la miseria cotidiana.
El relato utiliza el recurso del absurdo para construir lo que podríamos definir como humor depresivo. Aquí la risa jamás nace de un remate cómico liberador, sino de la constante incomodidad de presenciar la comedia del abismo. La cinta funciona como un vivo retrato de la “soledad acompañada”: aunque los personajes transitan en conjunto por una ciudad caótica y ruidosa, cada individuo carga con un aislamiento profundo e insalvable.

Toda la tensión emocional de la historia se concentra en el reencuentro con La Flaca (Ana Minier), su prometida recién salida de un centro de rehabilitación. A diferencia del protagonista, ella intenta habitar la realidad sobria con los pies en la tierra. El choque de frecuencias resulta devastador y deja en evidencia que el afecto genuino es insuficiente cuando la fantasía y la adicción imponen una brecha insuperable entre dos personas.
Lejos de ofrecer una redención convencional o un instante de claridad moral hollywoodense, la película retrata con enorme rigor la naturaleza cíclica de la exclusión urbana. Yoel Morales firma así una crítica feroz y sin condescendencia sobre las escasas posibilidades de la reinserción social, demostrando con maestría que cuando el entorno no ofrece salidas reales ni oportunidades efectivas, la mente prefiere sofisticar su propia trampa antes que encarar el abismo de la verdad.

La nueva película de Avena Cine, La bachata de Biónico, llega a la Cineteca Nacional (sede Xoco) este viernes 4 de septiembre y no se la pueden perder.








