Abril no suele anunciarse como un mes de descubrimientos, pero basta con poner atención al entorno cada vez más digital para notar que algo se está moviendo debajo del radar. Proyectos con relativamente poco tiempo de existencia comienzan a colarse en playlists, shows, sesiones o aparecer en conversaciones que todavía no terminan de hacerse tan masivas, pero que ya dejan ver una dirección clara.

Vivimos tiempos extraños y ante este panorama en el que pareciera que todo empieza a reducirse en cuestionar si lo que vemos y escuchamos es real o IA, una generación de artistas están construyendo sus conceptos con una identidad clara, decisiones estéticas bien aterrizadas y una conexión genuina con quienes las están descubriendo. Algunas incluso ya empiezan a asomarse con fuerza en redes y seguramente te las has topado,  generando conversación sin necesidad de una gran maquinaria detrás.

Proyectos que todavía se sienten cercanos, pero que, algunos de ellos difícilmente se quedarán ahí por mucho tiempo.

Estos son algunos nombres que vale la pena seguir de cerca pero ya.

Angine de Poitrine

El fenómeno en el que este dúo de alienígenas se está convirtiendo es todo lo que está bien con el mundo. Probablemente ya te los has topado más de una vez en tu feed de IG y, como muchos de nosotros, quedaste enganchado. Desde entonces no has dejado de ver videos de análisis, reacciones y memes sobre Angine de Poitrine, intentando descifrar qué está pasando realmente detrás de este proyecto.

Lo que suena es igual de extraño que lo que se ve: math rock mutante con guitarras microtonales, polirritmias, groove y sonidos que navegan en el psych turco, polka y música balcánica. Descrito por ellos como “Mantra-Rock Dada Pythagorean-Cubist Orchestra” Angine de Poitrine ha alcanzado el éxito viral de manera sorprendente, generando conversaciones a su alrededor.

Recientemente estrenaron su segundo disco Vol. II que desde ya, es uno de los mejores en lo que va del año

Cissné

Cissné está trabajando un cruce bastante preciso entre screamo, post-black metal, shoegaze y ambient. En sus canciones hay pianos delicados, capas de guitarra que se van apilando hasta volverse enormes y voces que cambian entre lo frágil y lo desgarrado, de modo que todo avanza entre momentos de calma y estallidos muy emocionales.

Más que irse por la brutalidad directa, lo suyo está en tensar la atmósfera: hacer que una pieza se sienta suspendida, melancólica y pesada al mismo tiempo. Desde sus propios perfiles y lanzamientos recientes se presentan con ese enfoque avant-garde, donde melodías frágiles chocan con masas sonoras densas, y eso explica por qué han empezado a llamar la atención tan rápido entre gente cercana al screamo, al post-hardcore más sensible y al blackgaze.

Castle Rat

Castle Rat juega directo en el terreno del doom/ heavy metal con una identidad muy marcada hacia lo teatral. Riffs lentos, pesados y repetitivos que no buscan velocidad sino densidad, acompañados por una voz que se mueve entre lo ritual y lo narrativo, como si cada canción fuera parte de una historia más grande. Hay una influencia muy marcada del heavy clásico y del proto-metal, pero filtrada a través de una estética de fantasía medieval que no se queda solo en lo visual: también está en la forma en la que construyen sus canciones.

Las estructuras suelen ser largas, con desarrollos que privilegian la atmósfera sobre el golpe inmediato. Guitarras con fuzz grueso, líneas de bajo que sostienen todo desde abajo y una batería que marca el paso como si fuera parte de una procesión. No hay prisa en cómo avanzan, y justo ahí está el peso de su sonido.

Han empezado a llamar la atención porque no suavizan nada: lo suyo es denso, oscuro y bastante específico en su imaginario. Y aun así, está encontrando público fuera del nicho más cerrado del doom.

To Athena

To Athena se mueve dentro de un indie folk/art pop muy contenido, donde la voz es el centro absoluto. Hay una claridad muy particular en cómo construye sus canciones: arreglos mínimos (guitarra, piano, algunas capas muy sutiles) que dejan espacio para que cada palabra y cada inflexión respiren.

Hay un control muy fino en los matices, en cómo sostiene notas o las deja caer, lo que termina marcando el pulso emocional de cada pieza. Las canciones no dependen de grandes crescendos, sino de pequeños cambios que, poco a poco, van cargando de peso lo que parece sencillo.

En lo sonoro hay guiños al folk contemporáneo más íntimo y a cierto art pop europeo, pero sin volverse etéreo en exceso. Todo está bastante aterrizado, casi como si cada elemento estuviera ahí solo porque es necesario.