Hay conciertos que disfrutas. Y hay conciertos que te dan en la madre. Lo de Pulp anoche en el Palacio de los Deportes fue de esos segundos.
Sí, técnicamente fue un show impecable: 24 canciones, una más que en aquella primera visita a México en 2012, una votación entre “Bad Cover Version” y “Seconds”, una banda sonando enorme y un repertorio lleno de clásicos. Pero la verdad, qué hueva hablar de cosas técnicas. Salí pensando en todo menos en eso.
Cuando las luces se apagaron, no sentí que estaba esperando a Pulp. Sentí que estaba esperando una versión de mí mismo que llevaba años sin visitar.

Y entonces apareció Jarvis Cocker.
Es un Jarvis mayor, claro. El tiempo pasa para todos. Pero hay algo en él que sigue siendo imposible de explicar. Esa energía
rara, esa elegancia desaliñada, esa forma de moverse por el escenario como si estuviera bailando dentro de una película que solo él puede ver. Sigue teniendo esa chispa que te pone la piel chinita (hijo de pulp) y te recuerda por qué se convirtió en uno de los personajes más fascinantes de la música a nivel mundial.
Y luego está Candida Doyle, que sigue tocando el piano con el mismo amor que recuerdo desde que descubrí a la banda. Verla ahí, después de tantos años, fue una de esas imágenes sencillas pero hermosas que te hacen sonreír sin darte cuenta.
“Disco 2000” fue un madrazo. Una de esas canciones que parecen haber sido diseñadas para que miles de personas olviden sus problemas durante unos minutos. Sonó incluso más explosiva que cuando la escuché en el Corona Capital de 2023. Y “This Is Hardcore”… bueno, esa canción sigue siendo una obra de arte. De esas que tienen harta carnita. De esas que envejecen contigo y cada año significan algo distinto.
Pero si hubo un momento que me pegó especialmente fue “Common People”.
De pronto ya no estaba en el Palacio de los Deportes. Estaba otra vez en una fiesta con mis amigos, abrazados formando un círculo, levantando un pie y luego el otro mientras cantábamos el coro a todo pulmón a las tres de la mañana en el estacionamiento de la casa de alguien, sin pensar que el lunes teníamos que ir a trabajar. Y esa es la magia de Pulp, porque hay noches en las que uno va a escuchar una banda y hay otras en las que la banda viene a recordarte quién fuiste.
También recordé a esa persona con la que alguna vez imaginé una vida entera. A las noches dentro de mi viejo Platina compartiendo un audífono de un Discman mientras poníamos Pulp y regresábamos las canciones para escucharlas otra vez. Porque cuando una banda te acompaña durante tantos años, las canciones dejan de ser canciones. Se convierten en recuerdos.
Fue hermoso también escuchar a Jarvis hablar de aquellos días en Sheffield, cuando ensayaban con instrumentos de segunda mano, amplificadores pequeños y más ganas que recursos. Verlos hoy, después de todo lo que lograron, es un recordatorio de que la música de verdad, sin pretensiones ni tanta mamada, nace así: en cuartos pequeños, con sueños enormes y canciones que realmente tienen algo que decir.
Y quizá por eso Pulp sigue siendo tan especial. Porque en una época donde muchas canciones parecen hechas para durar quince segundos en TikTok, ellos siguen apostando por melodías simples pero poderosas, por letras con alma y por canciones que siguen encontrando nuevos significados décadas después. Más corazón y más cerebro; menos algoritmos, menos scroll infinito y menos obsesión por los likes.
Estoy seguro de que no fui el único al que le pasó. Estoy seguro de que miles de personas salieron del Palacio sintiéndose un poco más jóvenes, recordando amistades, amores, fiestas, errores y versiones de sí mismos que creían olvidadas.
Porque anoche Pulp no solo tocó canciones. Anoche nos recordó lo chingón que fue haber crecido en los noventa.








