Por: Jorge Olvera
Hay aniversarios que suenan a cifra redonda, a pastel y a fotos con globos. Pero cuando una banda dice “25 años”, en realidad está diciendo: kilómetros, cicatrices, discos quemados, tocadas en bares imposibles, pausas silenciosas, reencuentros, y una generación completa que creció con esas canciones como banda sonora. Taller para Niños está justo ahí: mirando hacia atrás sin quedarse a vivir en la nostalgia, y mirando hacia adelante sin fingir que el tiempo no pasó.
Tuvimos una conversación con Will soto de Taller para niños (TPN) que más que un recuento cronológico, se siente algo mucho más humano: la música como pretexto para conectar. Porque si algo se repite como idea central, es que lo importante no es “la música” como, sino lo que sucede alrededor de ella. “La música es un canal”, dice el Will, “sirve para autoexpresión, pero también para interconexión”. Y esa frase explica por qué 25 años después siguen aquí: no por una fantasía de grandeza, sino por una red real de amistades, público, experiencias y una identidad construida a pulso.

De tres bandas a una sola chispa
Taller para Niños no nació de una fórmula preempacada. Nació de una convergencia. Integrantes provenientes de proyectos con sabores distintos —ska, punk, reggae, surf, sonidos latinos— coincidieron en una inquietud: había melodías, ritmos y emociones que no cabían en sus bandas originales. Esa chispa creativa fue el motor.
Al principio, la idea fue casi sencilla: juntarse a tocar covers de bandas que ya dibujaban el mapa sonoro del Taller de aquellos años: punk rock melódico, rápido, vibrante, con esa etiqueta que muchos conocieron después como happy punk. Lagwagon, The Ataris, MXPX… una energía que no pedía permiso. Y a partir de ahí, como suele pasar con lo auténtico, el estilo dejó de ser copia y se volvió propio: “metimos todo en una vasija y eso fue lo que salió”.
Letras que crecieron junto con ustedes
Muchos fans se enganchan primero por el golpe emocional del ritmo: canciones que te levantan del asiento aunque estés cansado. Pero con Taller pasó algo especial: a la par del sonido alegre, las letras comenzaron a llevarte a lugares menos obvios.
Madurar como compositor no significa convertirse en “prodigio” comenta will, sino encontrar una voz de la expresión. Las primeras canciones podían ser más adolescentes, incluso infantiles, porque venían de recuerdos y experiencias inmediatas. Luego llegaron temas más reflexivos: sexualidad, encierro, nostalgia, familia, identidad. Y aquí se asoma otra idea poderosa: el compositor no solo canta lo que vive; también puede interpretar historias ajenas, inspirarse en películas, libros o símbolos, y aun así lograr emoción verdadera.
Ahí entra “Fuga de Sueños”, inspirada en una historia de cárcel e injusticia: no era una vivencia literal, pero sí era una emoción real traducida a canción de la película Sueños de Fuga.
O en el caso del “punk cristiano”. La canción “Dónde está” toma una parábola bíblica como chispa narrativa, pero no como propaganda: es más bien un retrato humano sobre pertenencia, error, regreso y amor. Un recordatorio de que las historias antiguas siguen vigentes si se cuentan con honestidad.
La era del “lo descargué por error”… y me quedé para siempre
En los 2000, la difusión era una aventura artesanal. Grabar en estudio era un privilegio; después venía lo rudo: quemar discos, hacer portadas, vender en tocadas, dejar contacto de correo y página web relata Will. Y entonces, lo inesperado: alguien lo copia, lo sube, lo comparte en plataformas P2P como Ares o Kazaa y la gente llega “por error”, porque el archivo venía mal nombrado o porque alguien pensó que era otra banda.
El también Guitarrista nos cuenta que parte de la difusion estaba en el ritual de internet primitivo: “yo te pongo en mis links si tú me pones en los tuyos”. Antes de los algoritmos, existía el trueque digital y la curiosidad. Y en ese ecosistema, canciones como “Mario Bros 3” no eran solo un guiño gamer: eran un imán generacional.
Punk rock en Sinaloa: ir contracorriente sin pose
Hacer punk en Sinaloa, con la banda/tambora como corriente dominante, tenía algo de desafío natural. Pero Taller no lo cuenta desde el drama: lo cuenta como el descubrimiento de un subgrupo que existía y resistía. MTV abrió puertas, el intercambio de cassettes hizo el resto: alguien traía un disco del gabacho, lo grababan, lo rolaban, y así se armaba la educación sentimental del rock alternativo.
La pausa silenciosa… y el aprendizaje
Hubo años en que, para muchos, Taller “desapareció”. No hubo comunicado, no hubo despedida oficial. Lo llaman como se diría hoy: se ghostearon. La razón fue simple y profundamente humana: graduaciones, trabajos, mudanzas, planes de vida. No fue un “ya valió”, fue un “pausa y luego vemos”.
La diferencia es que el público no supo ese “luego vemos”. Y hoy lo reconocen: la audiencia merece comunicación, porque es quien invierte tiempo, emoción y presencia. Ese aprendizaje también es madurez.
Volver con otra cabeza: preproducción, compromiso, verdad
Cuando regresan, regresan distintos. No solo por edad, sino por enfoque: maquetas, preproducción, grabar con click, pensar en concepto, arte, calendario, ejecución. Es el paso de la aventura juvenil a un compromiso más completo con la obra. Y aun así, conservan lo esencial: la emoción de estar juntos, esa “magia” que no es ilusionismo, sino conexión creativa.
También hay una honestidad que se agradece: el show ya no se vive igual. El público también creció. Ya no siempre hay slam; a veces hay mesas, sillas y cheve. La banda entiende que no se trata de aparentar lo que ya no se es, sino de entregar lo mejor posible desde el presente. La mente se adapta; el cuerpo se cuida. Y mientras exista esa conversación de energía entre escenario y audiencia, el espíritu sigue vivo.
Una canción para definirse: “Quién jugará Nintendo”
Cuando le piden una rola que lo represente, elige “Quién jugará Nintendo”. No porque sea “la más famosa”, sino porque le guarda un retrato personal: un plot twist lírico, una decisión creativa joven, un recuerdo de quien era a los 19. Y al final, eso también es Taller para Niños: canciones como fotografías emocionales, que se miran años después y te dicen: “ya no soy ese, pero sin ese no sería este”.
A 25 años, la historia no se siente como museo. Se siente como camino. Y si algo deja clara esta entrevista, es que Taller para Niños no solo sobrevivió al tiempo: aprendió a crecer con él, sin perder la razón principal por la que empezó todo: conectar.
La banda originaria de Sinaloa se presentarà el próximo 17 de enero en el Foro alicia, para celebrar los 25 años de su primer disco de estudio Todo por nosotros Además, esta fecha tendrá un sabor especial: será el escenario elegido para la presentación oficial de la versión en vinil de su disco, publicado originalmente en 2001 y que, con los años, terminó por convertirse en un referente generacional para quienes descubrieron a la banda en plena era de los MP3, los foros y las tocadas.
Con una propuesta que mezcla nostalgia, energía y una conexión real con su audiencia, Taller Para Niños no solo celebra su historia: confirma su vigencia y su lugar dentro del rock nacional, recordándonos que la música nacida entre amigos —hecha con honestidad y sin pose— puede crecer, transformarse y trascender décadas.








