Por: Jesús Carvajal

Hay discos que parecen una colección de canciones y hay otros que, cuando terminan, dejan la sensación de haber recorrido un territorio completo. Sin embargo, Ecléctico, de El Fausto, pertenece a los segundos.

Después de escucharlo varias veces, tengo la impresión de estar frente a uno de los trabajos más sólidos que ha hecho la banda. No solamente por la calidad de las canciones, sino porque en este disco parece existir algo que no siempre es sencillo de encontrar después de tantos años de trayectoria: una identidad perfectamente reconocible, pero suficientemente flexible como para no convertirse en una fórmula.

Y eso tiene todavía más mérito si hablamos de una banda que nunca ha dejado de transformarse.

 

El Fausto: Una banda que dejó de buscar una identidad para comenzar a disfrutarla

El Fausto ha tenido metamorfosis importantes a lo largo de su historia, tanto musicales como visuales. También ha pasado por distintas etapas vocales y por cantantes con personalidades muy diferentes, y la banda siempre ha encontrado la manera de hacer funcionar esas transformaciones.

Incluso tuvimos la oportunidad de escuchar a El Fausto con Daniel Gutiérrez, vocalista de La Gusana Ciega, al frente del micrófono, por eso resulta particularmente interesante lo que ocurre ahora.

“Gardel”, una canción que se queda

“Gardel”: la canción que se queda y, además, mi canción favorita. Ya escuché las dos versiones y no deja de sorprenderme: tiene una estructura muy especial, te engancha desde el principio y el precoro aparece tan pronto que le da un toque de comercialidad muy cabrón, sin caer jamás en el cliché de “lo comercial”. La melodía es accesible y el coro perfectamente identificable, pero nunca pierde personalidad, de esas que uno termina tarareando sin darse cuenta. Cuando una canción consigue eso sin sacrificar identidad, algo está haciendo bien.

La participación de Zara, del grupo Cubano: Explosión Sonera del maestro Michelle, aporta un elemento muy interesante. Hay en su interpretación ese toque cubano que no parece añadido artificialmente, sino algo que trae consigo en la voz, el fraseo y la manera de habitar la canción, y esa presencia acerca “Gardel” a públicos que quizá normalmente no se acercarían de inmediato al rock alternativo.

Buena parte de la genialidad de este disco es tener a Aldo Ramírez cantando desde la fuente: su voz tiene algo que no es tan sencillo de conseguir, identidad. Las canciones están interpretadas por alguien que también las conoce desde la construcción, la producción, la batería y el proceso creativo, y eso se nota, su voz no intenta parecerse a nadie. No hay clichés vocales que delaten influencias de otros cantantes, ni la intención de convertirse en “el vocalista de una banda de rock”. Escucho una voz con color propio y una personalidad que le da sentido a estas composiciones.

Esto sin mencionar su faceta en vivo, donde el descubrimiento resulta casi más atractivo que en el disco: puedes estar viendo a El Fausto pensando que todo transcurre dentro de los códigos habituales de una banda de rock, hasta que descubres que quien está cantando es el baterista. Eso, por sí mismo, rompe un esquema. No son tantas las bandas en las que el vocalista ocupa también el lugar del baterista, y en una agrupación que históricamente ha disfrutado de romper esquemas, me parece una decisión particularmente afortunada.

Los coros de Enrique Ramírez funcionan muy bien como soporte para la voz de su hermano, otro detalle que enriquece la identidad de la banda: dos hermanos compartiendo el escenario, uno en la batería y voz principal, el otro en el bajo y los coros. Ambos muy talentosos.

Una banda con dos hermanos. ¿Qué podía salir mal? Musicalmente, por fortuna, casi nada.

El resto del disco confirma esa versatilidad. “Agua de mar” también me parece una gran canción: el fraseo de la letra es particularmente bueno, comienza muy espaciado y después se vuelve mucho más corrido, un recurso que pocas bandas usan sin que se sienta forzado. Tiene un tono oscuro, pero sin caer en ese territorio dark malviajado que tantas veces confunde profundidad con depresión estética. Hay un obligado muy especial y, sobre todo, me gustan los espacios entre la música y los fraseos: hay aire, y ese aire le da personalidad. La canción entiende que el silencio también puede ser parte del arreglo. Algo de esa misma madurez aparece en “Vacíos”, que perfectamente podría funcionar como segundo sencillo: tiene una letra muy bonita y un sonido particularmente maduro, suena a una banda seria, consolidada, que sabe qué quiere decir y cómo decirlo, sin necesidad de exagerar para transmitir.

En “Cenizas, el piano tiene un protagonismo extraordinario sin opacar nada de lo que sucede alrededor; tiene un toque londinense muy bonito y, particularmente, la parte alrededor del 2:40, cuando entra el piano, me parece profundamente indie: uno de esos momentos pequeños que terminan modificando toda la percepción de una canción. De hecho, entre “Gardel” y “Cenizas” puedo ser bastante voluble: dependiendo del momento, una me parece la mejor del disco y después aparece la otra para arruinarme la decisión.

“Abalorio” y “Opuesto”, en cambio, no están entre mis favoritas, aunque ambas tienen elementos que merecen destacarse: en la primera, el trabajo de las voces es especialmente bueno; en la segunda aparece un riff de metales un poco ácido que le da ese toque progresivo y fumado que funciona dentro de la canción. Son dos piezas que quizá no me atrapan de la misma manera que otras, pero que contribuyen a la diversidad que define al álbum.

“Navajas” es una gran rola, con un toque de locura muy particular, como si uno estuviera metido dentro de la cabeza de alguien teniendo una conversación consigo mismo: un diálogo interno permanente que le da muchísima personalidad. La canción parece moverse dentro de una mente que no termina de quedarse quieta, y esa sensación está muy bien construida desde la música.

Algo distinto ocurre en “Cerca del mar”, muy Fausto, que me remite mucho a cómo sonaban cuando estaba el vocalista Dolan y por eso funciona como una especie de puente con etapas anteriores de la banda, aunque creo que la voz de Aldo supera por mucho ese trabajo. Es una canción muy radial, con un componente emocional que funciona muy bien: una mirada hacia atrás, pero sin que la banda tenga necesidad de quedarse ahí.

En el otro extremo está “Cola del diablo”, una locura, casi esquizofrénica, en el mejor sentido musical de la palabra. Tiene cambios extraordinarios y juega constantemente entre la locura y la cordura; la guitarra y los metales son excelentes y mantienen la canción permanentemente al borde de perder el control. Pero nunca lo pierde, ese es precisamente su mérito: detrás de toda esa aparente locura existe una estructura perfectamente controlada.

“Diferente” es brillante, la siento como un grito de esperanza, construido a partir de espacios que le dan fuerza a esa emoción. Hay un momento en el que la voz de Aldo se queda suspendida y después entra el saxofón, ahí se me enchina la piel. Son esos pequeños momentos los que hacen que una canción trascienda lo que está diciendo y se convierta en una sensación.

El riff de “Paso atrás” es genial. La voz suena retadora, irreverente, y esta canción tiene muchísimo sentido dentro del contexto actual: siempre he pensado que la música y el arte terminan reflejando el contexto cultural e histórico en el que fueron creados, y aquí retrata esa realidad de una manera muy inteligente. Desde mi punto de vista, hace algo todavía más importante: le devuelve al rock su capacidad de protesta. El rock dejó de ser contestatario en muchos sentidos, se volvió más cómodo, más institucional, más preocupado por no molestar demasiado. Un tema que recupera esa capacidad de confrontación: está en la letra, el riff, los arreglos y la manera en que se acentúan las palabras al cantar. No es protesta por protesta, hay un discurso detrás, y eso es lo que hace que funcione.

Cierra “Contrapunto”, con un groove genial. Es una canción sofisticada, de esas en las que cada instrumento parece tener un discurso propio, pero ninguno se sale del guion: todo está hablando al mismo tiempo y, aun así, la canción nunca pierde dirección. Ese equilibrio requiere oficio. Mucho oficio.

El concepto de Ecléctico

En general, creo que El Fausto es una banda de conceptos, y no me refiero únicamente a conceptos visuales o líricos, sino a que saben plantear una idea y desarrollarla musicalmente. El disco anterior era extremadamente conceptual, tanto que prácticamente no daba margen para alejarse de su idea central, y eso no era una debilidad: de hecho, era una de sus principales virtudes.

Pero en este disco encuentro otro concepto, mucho más flexible: hay una evolución sonora evidente sin que la banda deje de sonar a sí misma. Hay canciones muy diferentes entre sí, con estructuras, atmósferas y recursos completamente distintos, y eso les permite ampliar su lenguaje sin sacrificar identidad y es que, hacer canciones muy diferentes entre sí sin que parezca que estás escuchando bandas diferentes, aunque parezca sencillo, es una de las cosas más difíciles de conseguir.

El Fausto nunca ha dejado de sorprender, tanto musical como visualmente, pero esta vez la sorpresa no está solo en lo que hacen, sino en la seguridad con la que lo hacen. Ecléctico no me suena a una banda tratando de descubrir quién quiere ser, sino a una banda que lleva años descubriéndolo y que finalmente puede escucharse con claridad.

Esta vez escucho a Aldo Ramírez no solo como productor y baterista, sino como parte de la voz de la banda, y eso termina de cerrar muchas de las ideas que aparecen en estas canciones. Los escucho centrados, maduros, sabiendo perfectamente qué quieren decir y cómo quieren sonar. Y esa identidad no parece recién inventada, parece construida durante años. Porque lo está.

Una última aclaración, no soy un experto en música, ni tengo una carrera académica que me permita hablar con la arrogancia de quien cree tener la verdad absoluta sobre un disco. Pero he aprendido a reconocer estructuras, recursos, influencias, arreglos y, sobre todo, a distinguir cuándo una canción provoca algo más allá de sonar bien.

Y quizá precisamente por eso Ecléctico me gustó tanto: más allá de analizarlo, me dieron ganas de volver a escucharlo.