Mary y Max: La poética de lo imperfecto.

Por: Salvador Rubio.

La llegada a salas comerciales mexicanas de Mary y Max (2009), la icónica obra en stop-motion del cineasta australiano Adam Elliot —creador del cortometraje Harvie Krumpet (Ganador del Oscar en 2003) y Memorias de un Caracol (Mejor Película en el Festival de Cine de Londres) —, ofrece una oportunidad imperdible para disfrutar de un clásico moderno de profunda sensibilidad.

Concebida como un intercambio epistolar entre dos mentes solitarias que aprenden a acompañarse, la cinta aborda la neurodivergente, el aislamiento y la empatía con una honestidad entrañable a través de las cartas que cruzan una solitaria niña en Australia y un hombre con síndrome de Asperger en Nueva York.

El pilar estructural del largometraje radica en la magnífica voz en off de su narrador. Lejos de ser un recurso expositivo ordinario, funciona como el guía indispensable que articula con soltura la historia, aportando un tono cálido y liberador de tensión que evita cualquier exceso dramático. Este hilo conductor se combina con un humor negro característico y muy disfrutable, que permite digerir las complejidades cotidianas de los personajes desde una perspectiva sumamente humana, ágil y ligera.

Mary y Max (Reseña)
Fotograma cortesía de: Cine Caníbal.

En el apartado artesanal, la animación en arcilla alcanza un nivel de maestría visual formidable. La cuidadosa paleta de colores —que contrapone los tonos sepia de la infancia con los matices monocromáticos y grises de la gran ciudad— construye un universo táctil de enorme fuerza expresiva. A esto se suma un brillante trabajo de doblaje en español que dota de alma al relato: la locución del narrador brinda la cadencia justa de un cuento clásico, mientras que el elenco vocal logra transmitir con absoluta delicadeza la vulnerabilidad, inocencia y constante evolución emocional de Mary y Max a lo largo de las décadas.

El corazón moral del filme reside en la entrañable asimetría de sus protagonistas. Mientras Mary atraviesa las distintas etapas de la vida hasta llegar a la madurez, Max habita en una constante inocencia y literalidad pura que conserva la esencia de la infancia. En uno de los momentos más conmovedores de su correspondencia, Max sintetiza esta filosofía de autoaceptación con desarmante transparencia: “Si me fuera a vivir a una isla desierta, tendría que aprender a vivir conmigo mismo y aceptarme aún con mis verrugas. No puedo escoger mis verrugas, pero sí puedo escoger a mis amigos, y estoy feliz de haberte escogido“.

Mary y Max (Reseña)
Fotograma cortesía de: Cine Caníbal.

Esta reflexión sobre las “verrugas” resume el espíritu de la película: la belleza de abrazar la propia identidad y valorar la amistad genuina por encima de cualquier prejuicio. A través de detalles poéticos inolvidables —como el simbolismo de los objetos compartidos, el valor del perdón y la profunda reconexión espiritual entre ambos personajes—, la cinta demuestra que el afecto no exige perfección física ni convencionalismos sociales.

Mary y Max es una propuesta cinematográfica excepcional y profundamente reconfortante. Con una dirección artística impecable, una narrativa vibrante y un mensaje universal, la película se consolida como un triunfo del cine de animación contemporáneo que nos recuerda que las conexiones más valiosas de la vida son aquellas que aceptan nuestra singularidad sin reservas.

Mary y Max (Reseña)
Fotograma cortesía de: Cine Caníbal.

El reestreno en cines por parte de Cine Caníbal, Mary y Max, llega cines este jueves 24 de septiembre y no se la pueden perder por nada en cines.